Podrías haberte ahorrado ese primer beso. Y todos los que le siguieron. Podrías haberte ahorrado ese “buenos días cariño”, y el abrazo que le acompañaba. Incluso te podrías haber ahorrado los besos en el cuello que dan escalofríos. Y los te quiero al oído. Podrías haberte ahorrado las miradas en cualquier lugar, tu sonrisa picarona, tu manera de picarme para que me enfade y así puedas comerme a besos para que se me pase. Y los millones de momentos inolvidables, también. Podrías haberte ahorrado las sorpresas, las rosas en San Valentín, las cenas románticas, o los paseos de la mano. Y todo eso que haces para que sea feliz. Podrías haberte ahorrado las locuras en cualquier lugar. El skype cuando estabas a cientos de kilómetros. Podrías haberte ahorrado esa sonrisa que tanto me gusta cuando más lo necesito. Y haberte ahorrado el venir y no irte. Podrías haberte ahorrado millones de cosas, millones de sentimientos, de sensaciones, de detalles.
Podrías haberte ahorrado ser tú. Y ser nosotros en ese lugar. En ese momento.
Pero no, por suerte fuiste tú. Conmigo. Y por suerte, no fuiste tacaño.
