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¿Nunca habéis sentido que tenéis como un chaleco antibalas, como un paracaídas en el momento exacto, justo antes de tocar el suelo?

Yo sí. Pero sin tenerlo.

El mío, son ellos. Esas personas que se convierten en superhéroes sin necesidad de llevar capa, que aparecen en el momento exacto, para recordarte que nunca se han ido. Porque ellos siempre están, pase lo que pase.

Los que son capaces de salvarme en mitad de la tormenta, que me calman aunque ahí fuera esté tronando y que son capaces de quedarse a mi lado todo el tiempo que haga falta. Os hablo de los que dan la cara por mí cuando yo no puedo o casi he perdido todas las fuerzas. Los que me levantan cuando rozo el suelo y los que me empujan a lo más alto cuando tengo dudas. Aquellos que valen más que oro, y que saben perfectamente lo que valgo yo, y me lo recuerdan cada día para que no se me olvide.

Os hablo de esas personas que me regalaron mis padres un día y que se convirtieron en mis compañeros de viaje el resto de mi vida. Los que caminan a mi lado incluso estando a kilómetros. Y que saben perfectamente cómo me siento sin ni siquiera verme la cara. Los que saben entenderme cuando ni yo misma sé lo que quiero, y que me ayudan cuando estoy más perdida que qué se yo.

Os hablo de los que me quieren incluso más de lo que puedo quererme yo, que me cuidan, me respetan, me valoran, me animan y hacen cualquier cosa para que llegue a lo más alto. Siempre.

Os hablo de ellos, sí,
de los que tienen mis apellidos,
de los que estarán a mi lado todos los días de mi vida,
mis hermanos.