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Hay momentos en la vida en los que una decisión puede cambiar irremediablemente el curso de las cosas. Cuando piensas en si sí o si no. En andar o no andar. En arriesgar o no arriesgar. Cuando tienes millones de opciones en la cabeza y no sabes cuál será la correcta. Una te dice que sí pero tienes miedo de que no. Otra te dice que no, pero tienes la duda de si sí. Como siempre, todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Y eso es así.
Pero hay una cosa que llevo grabada cada día en mi mente, algo que, ante la duda, siempre hay que emplear. “Quien no arriesga, no gana”. Eso dicen. Y madre mía, cuánta razón. Está claro que si no arriesgas nunca sabrás si hubieses podido ganar, y creo que vale muchísimo más arriesgar, que estar toda la vida con eso ahí guardado pensado en si podría haber salido bien. Merece la pena arriesgar. “Si arriesgas puedes ganar, si no arriesgas estás perdido”. También dicen. 
Soy de esas personas que no le gusta perder. Bueno, creo que a nadie le gusta. Por eso trato cada día de hacerlo todo lo mejor posible, de darlo todo, de luchar, de coger fuerza e ir a por aquello que quieres. Cuando pierdo, que han sido muchas veces, es algo muy fuerte lo que te come por dentro. No sé si es rabia, no sé si es dolor, o no sé si simplemente es impotencia. El pensar que pudo haber sido y que no fue. Pero al final, acaba pasando. Al final acabas cubriendo esa caída, la acabas sanando y, poco a poco, se pasa. Se cura. Y entonces vuelves a ser la persona que eras. Vuelves a luchar y a coger fuerza. Pero es que, si ganas. Amigos, si ganas tienes una sensación por dentro que es muy difícil de explicar. Si tienes el placer de ganar, de conseguir algo que querías, de ver que las cosas han salido tal y como querías, sabrás lo que es esa sensación. Esa sonrisa de oreja a oreja. Ese chute de energía, de felicidad, de fuerza, de ganas. Es gritar y decir: QUIERO MÁS. Que estás deseando que te pongan más retos por el camino para seguir luchando, para seguir cumpliendo sueños, para seguir logrando todo lo que te propones. Bendita sensación. Es tocar el cielo por unos segundos.
Y es eso, hay momentos en la vida en que notas que todo está cuesta arriba. Pero es una cuesta poco empinada, es una cuesta que ni cuesta ni ná. Que da gusto subir. Que tienes miles de opciones en la cabeza, miles de decisiones que tomar, pero que tienes esa sensación de pensar que las cosas van a ir bien. Que ya es hora. Que ya toca. Y que sí, ¿por qué no?. Que también soy de las que piensa “No te esperes nada de nadie, es mejor llevarte sorpresas a desilusiones”. De las personas, o de las cosas, de los momentos. Es bueno no pensar, ni imaginar como es o como podría ser. Porque luego podría ser todo totalmente diferente y, entonces, llegan los problemas. 
Por eso, simplemente hay que coger fuerza, hay que elegir la opción que más te hace sentir, la que más te hace pensar en “irá bien”. Y para delante. Con un par. Que se puede. Que todo va a salir bien. O al menos lo vas a intentar. Que no se diga luego que no hiciste todo lo que estuvo en tu mano para conseguirlo. Que hay que darlo todo para llegar a esa sensación inexplicable de tocar el cielo por unos segundos. Que sí, que se puede. 

Así que, prepárate, que lo mejor aún está por llegar.