Echo de menos la sobremesa.
Algunos diréis, pero qué dice esta loca, qué tendrá de especial eso. Pues mucho. Tiene conversaciones que nunca se le ve el fin, que se hace de noche y sigues sentado en el mismo sitio con el plato del almuerzo aun en la mesa. Y ni te has dado cuenta. Tiene risas, confesiones, bromas, miradas e incluso lágrimas.
Puede que no sea la sobremesa en sí lo que realmente importa, sino las personas que te rodean en ese momento. Un día cualquiera, a una hora cualquiera, para hablar durante horas y horas de lo que sea. Sin reloj, sin prisas.
Creo que deberíamos implantar esto en cada lugar, en cada casa, en cada bar. Es más importante de lo que realmente creemos. Y sé que no te das cuenta de ello hasta que no lo puedes disfrutar. Y qué pena no poder vivir algo así, ¿verdad?. Es lo más. Lo digo en serio.
De las sobremesas han salido las mejores ideas, los mejores negocios, las mayores carcajadas y los mejores planes. Se han inventado canciones, y se han cantando otras. Se ha llorado y se ha reído. Han salido las mayores confesiones y se han arreglado los peores problemas. Porque una sobremesa todo lo cura.
Aunque no lo creamos.
