La distancia no es solo irse lejos, es dejar atrás familia, pareja, amigos y un sinfín de cosas más. Es dejar todo lo tuyo, al fin y al cabo.
La distancia te ayuda a darte cuenta de quién sí y quién no. De quién sigue ahí a pesar de la cantidad de kilómetros. Quién se acuerda de llamarte un día cualquiera para saber como estás o quién decide hacer Skype cuando te ve conectada. Te ayuda a saber quién es capaz de sacar un hueco en su día para preguntarte cómo estuvo el tuyo. Quién te da abrazos sin tocarte, y quién te apoya aun estando lejos.
Nos ayuda a saber que hay personas que llegaron para quedarse. Pero hay otras que lo hicieron para irse. Esas que cumplieron su función en tu vida y decidieron marcharse. Y quizás hicieron falta unos cuantos kilómetros para conocerles realmente. Para saber cómo son por dentro. Y es que estamos con muchas personas, pero somos con muy pocas.
Es difícil, y no sabéis cuánto. Puedes llegar a encontrarte sola incluso cuando tienes gente a tu alrededor. Puedes llegar a llorar sin saber realmente el motivo, puede que simplemente porque no te sientes en casa. Incluso puedes llegar a no saber explicarte aun teniendo todas las palabras en tu cabeza. La distancia es así, y sólo aquel que lo vive, sabe realmente lo que es.
Es dura, pero también te ayuda a darte cuenta de muchísimas cosas. Logras conocerte un poco más, saber qué eres capaz de hacer, de conseguir. Te hace madurar y ser más responsable. Te ayuda a querer más y saber aprovechar cada segundo. Sobre todo, te ayuda a valorar cada detalle. Te ayuda a darte cuenta de muchos errores y a saber mejorarlos. Aprender a ser buena, pero no tonta. Y a darte cuenta a quién realmente echas de menos, y quién te echa de menos a ti.
La distancia no es fácil, la vida tampoco lo es.
Pero siempre hay que saber encontrar el lado bueno de las cosas.
