Seleccionar página
He escuchado no sé cuántas veces que la distancia rompe cosas. Y no sabéis cuánto se equivocan aquellos que lo dicen. La distancia no rompe nada, somos nosotros los que lo hacemos. La distancia nos pone barreras, baches y un sinfín de cosas. Pero está en tu mano decidir si quieres ponerle ganas y esfuerzo para conservar lo que quieres. O perderlo. 
Después de miles de kilómetros recorridos y de no sé cuántas experiencias ganadas, me he dado cuenta de que la distancia no es ningún impedimento para seguir con una amistad. No, no lo es.
La distancia, amiga, nos ha ayudado a unirnos más. Si era posible. Nos ha ayudado a darnos cuenta de que los kilómetros no son nada si existen las ganas. Y que cuando recibes una nota de voz de más de un minuto, hay que ponerse la armadura y salir a ganar esa batalla. 
Hemos aprendido a hacer hueco en nuestra agenda para vernos de nuevo. Incluso a robar wifi del vecino para poder hacer skype. Hemos aprendido a dar y recibir sonrisas a distancia. Y abrazos, también. Pero, sobre todo, hemos aprendido a estar ahí sin estar. Siempre.
La distancia es dura, y ni te imaginas cuánto. Pero sé que nosotras lo somos más. Sé que mañana podré llamarte si mi día está en lo más bajo. Y sé que podré mandarte el icono de la flamenca cuando algo haya salido bien. Al igual que tú a mí. 
Porque estamos juntas, aunque el destino haya querido poner kilómetros de por medio.