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No es tan fácil despedirse. No. Que puede que sea la semana más difícil de llevar. La más dura. La más larga y a la vez la más corta. Por qué. Me pregunto una y otra vez.
Una vez más hemos superado el reto de bañarnos después de un día de poniente, con el agua congelá. Hemos conseguido que el agua supere nuestras partes. Aunque hayamos tardado minutos en lograrlo. Hemos conseguido no pisar las obras de arte que había en la orilla al ir dando un paseo. Incluso hemos conseguido no tropezar con cada pequeñajo que se tambaleaba más que tú un viernes por la noche. Hemos sobrevivido a las miles de medusas que han venido a visitarnos este año. Las que no tenían otro sitio para vivir que en plena orillita, que no te dejaba ni darte un pequeño chapuzón. Incluso hemos conseguido pillar primera línea de playa un domingo cualquiera. 
Hemos aguantado a mamá diciendo “Ponte crema, que hoy el sol pega mucho”. Y nos la hemos puesto. ¡Cualquiera no lo hacía!. Aunque alguna que otra vez nos hemos hecho los malotes, y hemos acabado peor que un guiri un día entero en la playa en pleno agosto. Achicharrao. Pero eso sí, también hemos sobrevivido las noches durmiendo con mil capas de After Sun. Porque sino no había manera. Sin contar las noches que hemos sobrevivido a los mosquitos. A esa batalla que es difícil de ganar. Pero que con un poco de “aparato para los mosquitos”, de crema protectora y de sábana por encima, se supera. Aunque a la mañana siguiente, sin comprenderlo, tienes picaduras por todos lados. ¡Hasta en el culo!. Y entonces sólo te queda pensar que es que estás demasiado buena.
Hemos conseguido superar las tardes de poniente. Esos cincuenta grados a la sombra. Esos días en los que el agua y el ventilador eran nuestros mejores aliados. Hemos sobrevivido a los días de poniente en la playa. En los que buscas cualquier posición para no tragar arena. Y para no comerte una sombrilla. También. Y reza para que no te pillara con el hidropedal en mitad de la nada. Porque sino apaga y vámonos. 
Hemos sobrevivido al calor insoportable de este verano. A los sudores en plena noche. ¡Benditos abanicos!. Hemos sobrevivido a la cantidad de personas el día de la Virgen del Carmen. Incluso hemos conseguido cenar un sábado de agosto en hora punta, donde todo está ‘petao’.
Hemos sobrevivido a los viernes en la «happy». Y hemos conseguido beber y bailar a la vez sin tirarnos la copa encima. Cantar hasta no poder más. Y conseguir volver a casa, con los tacones en la mano, sin clavarte nada extraño. Y sobrevivir al día siguiente con voz de camionero. Y al interrogatorio de la familia. También. Hemos sobrevivido a los días sin parar de comer, simplemente porque sí, porque te apetecía, porque te aburrías o simplemente porque te gusta más un trozo de comida que a un tonto un lápiz. Pero también hemos conseguido ir a correr, con toda la pereza que eso conlleva.
Hemos conseguido mantenernos en pie a pesar de todo lo que se nos ha venido encima. Hemos conseguido levantarnos cuando nos revolcaba la ola. Incluso hemos conseguido decir “te quiero” cuando era necesario. Y decir “no” cuando ya no podíamos más. Hemos conseguido ampliar nuestra lista de amigos. Y hasta hemos practicado idiomas. Y hemos sabido decir adiós. O hasta pronto. 
Hemos hecho y dicho millones de cosas. Hemos superado momentos inolvidables. Y hemos conseguido que se queden en el recuerdo. Para siempre. Hemos reído y hemos llorado. Hemos saltado, cantando, bailado y gritado. Hemos dado buenos abrazos, buenos besos. Incluso hemos dado caricias a quien más lo necesitaba. Hemos echado de menos a las amistades del invierno. Hemos hecho lo que queríamos. Incluso habrá cosas que no nos haya dado tiempo. Hemos conservado amistades, hemos recibido nuevas y hemos despedido otras. Porque al fin y al cabo, el verano es lo que tiene. Que nunca es igual que el anterior, por mucho que quieras.
Y toca decir adiós. Llega septiembre y toca decir adiós al verano y a todo lo que eso conlleva. Porque las despedidas siempre son duras. Tan duras como una copa aguada, como una derrota en la prórroga.

Pero, eso sí, las despedidas no son tan duras cuando ya se está pensando en el reencuentro.