Estaba escuchando la radio y, de repente, escuché hablar de los meses del año, de esos doce hermanos que se repiten una y otra vez, pero que nunca son iguales. Al instante, me acordé de esa frase que leí una vez: “Siempre que pasa igual, never happens the same”. Y cuánta razón.
Escuché que mayo y junio muchas veces vienen de la mano, que destacan sobre el resto, y no por sus fiestas ni alegrías precisamente. Que son meses para restarle horas al sueño y sumárselas al estudio, para comer poco sano y mucho chocolate. Y beber café, también. Para no tener tiempo ni para bajar la basura, para vivir en pijama, y para decirle adiós a la vida social.
Terminaron diciendo que estos dos meses tienen como primer apellido “Amargante”. Y, enseguida, apagué la radio. Me negaba a escuchar el segundo. ¡Vaya manera de fastidiar la mañana! Mi cabeza me decía que vamos a salir de esta porque somos valientes, y a los valientes les da igual salir heridos. Que las horas de sueño y la no vida social, era algo que con un poco de Betadine se podía curar.
Me repetía que ya se ve el sol y a nadie le apetece sentarse frente a los apuntes, pero me advirtió que en verano hace mucho más calor y, amigo, ahí si que no apetece. La playa llama mucho, y los amigos también. Que mejor ahora que luego, que aunque tengamos color blanco nuclear en julio, habrá merecido la pena. Que la recompensa siempre vale más que todo el esfuerzo que se da en estos dos meses.
Sin esperar más, me comentaron por el pinganillo que se iba a rendir el tato.
