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Qué es la distancia, que nosotras no sabemos lo que significa. Que los kilómetros se hacen nada cuando es ella la que los acorta, la que sabe cómo sacar lo poco bueno que tiene eso. Que cuando no es la una es la otra. Que no deja que se acabe un día sin haberse reído de mí. Y conmigo. Y haberme sacado de quicio al menos un rato, o todo el tiempo. Que si sus despistes y sus vergüenzas, que si eres impuntual y dormilona, y bastante exagerada y dramática. Y qué te digo de esas notas de voz de más de un minuto, y esas conversaciones que no se acaban. Mejor no te hablo de los pantallazos que nos enviamos para planear la mejor respuesta. 
Que dónde vas tú con ese vestido, que vas a volver loca a toda la discoteca. Que trae esa copa, que ya llevas demasiadas. O lo contrario, pídete otro tinto que invito yo, que vamos a ahogar las penas. Que si no es un viernes es un sábado, pero el joyero o el armario me lo tienes que trastear siempre que se te antoja. Y yo igual, para qué engañarnos. Que nos compenetramos tanto que somos capaces de hacer Skype y coincidir con la misma camisa. Que lleva tú el bolso que a mi no me pega ninguno. Y echa ahí mi móvil, mis llaves, mi cartera, mi pintalabios, mis pañuelos, mis tacones. Y un sin fin de cosas que no caben ni en el bolso de Mary Popins. Pero por ella, se rompe la cremallera si hace falta. Que estoy harta de ti y tú harta de que te lo repita. Que no es normal que salgas un viernes, un lunes o un martes. Que el Ron con Barceló es lo que se lleva ahora desde aquel día que se lo pediste al camarero.
Que no nos hace falta que nadie nos defienda, pero que no te escuche yo criticar a mi amiga. Que qué sabes tú de su sacrificio si nunca le has visto llorar. Que qué sabes tú de su vida si nunca te llamó a las tantas de la mañana para contarte qué le pasaba. Que por ella me enfrento al diablo si hace falta. Que si hay que criticar, déjamelo a mí, que la conozco mejor que nadie. 
Que estoy engordando por tu culpa, que dije que si yo no podía adelgazar, que engordaran mis amigas. Y hay que ver que al karma no se le escapa ni una. Que es por tanto quedar para ir a cenar una buena pizza mientras solucionamos el mundo. O por ese crepe con chocolate ese día que estamos por los suelos y que nos necesitamos más que nunca. Que a mí me sobran los psicólogos cuando te tengo cerca. Que qué mejor especialista que tú. 
Y otra cosa que tienes es que eres una mentirosa. Que me ves guapa siempre y te encanta decírmelo, y eso no puede ser verdad. Pero lo que sí es verdad es el poco dinero que tengo entre fiesta, planes allí y aquí, y las comilonas. Y claro, la cuenta en números rojos, pero los álbumes llenos de fotos y momentos juntas. Merece la pena gastar por momentos contigo. 
Que entre las madrugadas volviendo a casa con los tacones en la mano y la sombra de ojos por los suelos, hay dos mil conversaciones profundas sobre la noche que hemos pasado y tres mil carcajadas encima. Que acaban con foto en el ascensor. Que te dejo un hueco en mi cama si me prometes que no me quitarás la sábana. Y si por la mañana desayunaremos churros en la terraza mirando al mar. 
Que me he vuelto una malcriada, acostumbrada a que me abraces en los peores momentos de mi vida, acostumbrada a tenerte ahí en todos los momentos, en los buenos y los malos. Que me he acostumbrado a tenerte, así, sin más. Me he acostumbrado a eso de tener fuerza cuando todo está encima, porque tú me la das. Y me has dejado claro que la palabra amistad sí que existe, y es que tú te mereces ser la reina de las amigas, porque te lo has ganado día a día. Porque me he acostumbrado a tener una hermana más. Y a eso de que nunca te irás, de que el “no desde siempre, pero si para siempre” se cumplirá.
Por todo y más, toda la culpa es tuya. Porque yo, culpa lo que es culpa, solo tengo la de quererte sin condiciones y haberme acostumbrado a que me quieras de la misma forma.