Y es que eres tú, de la que estoy harta y la que me hace sacar una sonrisa a la vez.
Que ya es mucho lo que hemos pasado, que tenemos álbumes llenos de fotos y momentos juntas, y todo un cajón de recuerdos que no se olvidarán nunca. Que entre las madrugadas volviendo a casa con los tacones en la mano y la sombra de ojos por los suelos, hay dos mil conversaciones profundas sobre la noche que hemos pasado y tres mil carcajadas encima. Sin contar esas videollamadas cuando no nos tenemos al lado e intentamos arreglar el mundo.
Que sé que eres tú, que ya lo de mejor amiga se te queda corto, y eso tú lo sabes de sobra. Que me has aguantado en todas mis facetas, y yo en las tuyas, que nos conocemos como si nos hubiésemos parido y que sabemos qué, cómo o cuándo sin ni siquiera abrir la boca. Que amigas hay pocas, y como tú, menos. Y yo tuve la suerte de encontrarte y mira, que ya no te suelto.
Que me he vuelto una malcriada, acostumbrada a que me abraces en los peores momentos de mi vida, acostumbrada a tenerte ahí en todos los momentos, en los buenos y los malos. Que me he acostumbrado a tenerte, así, sin más. Me he acostumbrado a eso de tener fuerza cuando todo está encima, porque tú me la das. Y me has dejado claro que la palabra amistad sí que existe, y es que tú te mereces ser la reina de las amigas, porque te lo has ganado día a día. Porque me he acostumbrado a eso de que nunca te irás, de que el “no desde siempre, pero si para siempre” se cumplirá.
Por todo y más, toda la culpa es tuya. Porque yo, culpa lo que es culpa, solo tengo la de quererte sin condiciones y haberme acostumbrado a que me quieras de la misma forma.