Porque solo los que vivimos esa sensación de estar días sin ver a alguien que queremos, somos los que podemos vivir esa sensación tan maravillosa al volver a verle. La distancia es dura, pero hay que saber disfrutar de ambas partes.
Una sensación difícil de explicar, tanto una como otra. El estar lejos de alguien a quien quieres, a quien deseas tener a tu lado todos los días, a quien necesitas, eso, señores, no es fácil. Además, lo difícil se complica aun mas cuando ves miles de parejas por ahí. Felices. Que no digo que este en contra de eso, ni que me moleste ni nada. Bueno, molestarme sí. Pero es envidia sana. De verdad. Que si besitos en el metro, las miradas en el bus, los abrazos a la salida de la universidad, o ir de la mano por mitad de Gran Vía. Sí, es envidia sana. Y está comprobado, que cuando estás sin esa persona, suele ser cuando mas parejas felices ves. Quizás porque te acuerdas mucho de él. Quizás porque le echas de menos. O quizás porque la vida es así de caprichosa. No lo sé.
Pero siempre, la distancia será algo difícil. Algo duro y algo que a nadie le gusta. Siempre hay que aguantar todos los que dicen que “una relación a distancia nunca sale bien”. JÁ. Que me lo digan a mi, ¿no? que he superado todo tipo de obstáculos, y la distancia sigue sin ganarme. No, no tenéis razón. La distancia es fuerte y mala, pero nosotros lo somos más. Que no se os olvide. Que siempre hay que mirarle la parte buena (aunque sean pocas) y aprovecharlo. Que siempre estará el skype para pasar horas mirándole, o las cartas que se reciben por sorpresa, o las fotos que se envían, o las simples palabras que se escriben…
Y es que, estar lejos de la persona a la que quieres, de estar días sin verle, no le gusta a nadie. Es algo a lo que nunca te adaptas, por muchos años que pasen. Sigue siendo igual de dura. Pero entonces, llega ese día que tienes marcado, con el color más llamativo del mundo, en el calendario. Ese día que esperas ansiosa, que empiezas a contar la cuenta atrás hasta cuando aun queda mucho tiempo. Ese día. El día del reencuentro. Eso, eso sí que gusta. Porque al final, tanto tiempo de espera, tanto tiempo sin ver a esa persona, vale la pena.
Porque aquí es cuando llega esa sensación tan maravillosa, ese mariposeo cuando llega el día. Que te repites una y otra vez la dicha frase de “Vísteme despacio que tengo prisa”, porque estás tan nerviosa que nada te sale a la primera, y tienes que pararte un segundo y después seguir. Que el tiempo se vuelve tu enemigo porque piensas que nunca va a llegar ese momento, que te vas con tiempo de sobra a la estación y te sientas antes en el ave pensando que cuanto antes te montes, antes va a salir. Pero no. Aun hay que esperar. Y las horas se hacen eternas, no pasan. Hasta que por fin te das cuenta que tan solo quedan cinco minutos para llegar. Los más largos de tu vida, sí, pero solo cinco minutos. ¿Qué es eso cuándo ya has esperado tanto tiempo?. Nada. Entonces te levantas, preparas tu maleta y te colocas la primera en la puerta de salida, deseando que se detenga el ave y te abran las puertas. Y, por fin, se abren. Y mas mariposeo aun, cuando por fin le tienes delante, cuando le ves a lo lejos y sabes que es él, que aun te espera. Entonces se para el tiempo, el corazón va a mil, sale tu mejor sonrisa, y sacas velocidad de donde sea para llegar lo antes posible. Y por fin, el abrazo inesperado. Y el beso. Bueno, qué coño. Los besos. Muchos. Madre mía, ¡qué sensación!
¿Veis? Eso, eso si que vale la pena. Es en ese momento cuando te das cuenta que tanto tiempo tiempo, tantos kilómetros, tantas cosas, al final, merece la pena. Porque el camino siempre es duro, pero al final siempre llegará la recompensa. Siempre. Así que, lo sé, lo he comprobado, lo he vivido, por mucha distancia que exista, el corazón siempre manda. Y las personas también. Porque he vivido tristes despedidas pero, sobre todo, me quedo con las buenas bienvenidas.
Porque la distancia es dura, pero siempre hay bonitas maneras de echarse de menos.

