Podría decirte cómo es. Podría hablarte de sus dedos cuando intentan buscar los míos incluso cuando el frío está bajo cero. Podría pararme a hablarte de esos lunares que lleva a las espaldas, o de ese travieso que se escapa por cualquier otro lado de su cuerpo. Podría decirte que no hay mirada que me hayan mirado con más profundidad que esos ojos verdes un día cualquiera. Y que sus labios saben mejor cuando se quedan un día más. Podría explicarte todo lo guapo que es por fuera, pero me faltaría espacio para explicarte cómo es por dentro. Incluso puede que para explicarte lo de fuera también me falte. Podría hablarte de sus manos cuando rodean mi cuerpo, y de esas caricias que me hacen olvidar todo por un instante. Y la manera en que me agarra cuando estoy a punto de caer. Podría hablarte de su pecho cuando me hace un hueco cada noche y me deja verle dormir. Incluso de su voz tratando de ganarle la batalla al silencio, y de su silencio cuando hay demasiado ruido ahí fuera. Y de su manera de decir “Te quiero”. Podría hablarte de su sonrisa, y de todas las veces que me perdí en ella. Y de sus besos en cualquier momento del día. Ay, sus besos. Qué te digo de sus besos.