Las calles están vacías. Ya no se ven niños jugando al coro de las patatas. Ni al pilla-pilla. Tampoco se juega al escondite ni al poli y ladrón en el cumpleaños de cada compañero de clase. Las casas ya no están llenas de cajones con ropa de la barbie. Ni de coches teledirigidos y action man. Ya no hay cocinitas en el cuarto de los juguetes, ni siquiera se ven muñecas paseadas en su carrito un domingo por la tarde.
Ya no se dice el “te dejo y tu me dejas” en las colas que se hacen en el colegio. Ahora se va a la papelera a sacar punta, en vez de a contarle un secreto a tu amigo. Y ya no se siente la adrenalina por pasar una notita en clase y que no te pillaran. O las guerras de bolas de papel en el descanso de una clase a otra. Dónde quedaron las competiciones entre los del A y los del B. Las cartas a cualquier amigo un día cualquiera.
Los niños de ahora no saben ese dolor que sentías cuando te dabas con el patinete en el tobillo. Ni lo que era caerse jugando a la comba. Tampoco saben lo entretenidos que se podía estar jugando a zapatito blanco, zapatito azul. O la manera de rezar para que te tocara a ti en el conejo de la suerte para poder besar a la persona que te gustaba.
Los niños ya no llegan a casa con los pantalones sucios de haber jugado en cada rincón a los tazos. Ni a las canicas. Ahora no se ven porterías en la calle formadas por una reja y un árbol, ni niños parando el partido con un “pies quietos” porque pasaba una mujer con su carrito.
Ahora ni un, dos, tres, pollito inglés. Ni juegos de mesa, ni gallinita ciega, ni siquiera charlas sobre cualquier tema, en cualquier lugar. Ahora no saben disfrutar de los verdaderos juegos, ni aprovechar cada segundo libre haciendo algo que no sea agachar la cabeza.
Ahora los niños juegan solos. Ya no necesitan de un amigo, ni de un hermano, ni del vecino para echar la tarde. Ahora no conocen la verdadera felicidad que se tenía siendo un niño.
Ahora los niños, simplemente, están mirando una pantalla. Y qué pena.
