Después de las diferencias horarias, de las citas por skype que no quieres que acaben nunca. Y las peleas con el internet y la cobertura día tras día. Y de querer mandar bien lejos el maldito WhatsApp, que sólo hace que todo suene diferente. Pero que, a la vez, ayuda a mandar miles de iconos de corazones para intentar expresar lo que sientes. Y fotos en cualquier lugar para recordar que no olvidas.
Después de los miedos, de las ganas de estar allí. De saber cómo va todo. Después de todos los “te echo de menos” que dices, y los besos que mandas a distancia. Después de contar los días. De los nervios, del mariposeo en el estómago. Después de las peleillas tontas y el coraje de no recibir ese beso de reconciliación. De ese momento en el que con un abrazo bastaría, pero no lo tienes. De querer estar a un centímetro de él cuando todo está del revés.
Después de cuadrar fechas y vuelos para el esperado reencuentro. De los «quiero y no puedo». Del miedo a lo que pasará. Después de los kilómetros que separan. De los no sé cuántos “Las relaciones a distancia no funcionan” o de los “La distancia hace el olvido” que he llevado a las espaldas.
Después de todo esto y más,
al final, fue la distancia la que murió de celos al vernos juntos de nuevo.
