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El otro día escuché a un hombre decir: “Cuando seas mayor, querrás ser niño. Aprovecha ahora”. Y es verdad, tratamos de pasar la vida pensando en el futuro, en lo que vendrá. En querer ser lo que no somos, en darle vueltas a la cabeza pensando en lo que seremos, en dónde estaremos y con quién. Qué ropa se llevará, en qué ciudad estaremos y cuánto habremos crecido.

Y no nos damos cuenta que lo único que hacemos es perder el tiempo, dejar ir esto que tenemos delante, el presente, el hoy, para tener en mente algo que ni siquiera sabemos si llegará.

Y sí, si por suerte llega, cuando estemos en unos cuantos años más adelante, querremos volver. Seguro. Querremos hacer todo lo que no hicimos, querremos decir “te quiero” todas las veces que no las dijimos y besar todas aquellas que no nos atrevimos. Querremos salir todas las veces que decidimos quedarnos en casa, bailar todas las veces que preferimos quedarnos sentados y abrazar a quien ya se ha ido. Querremos viajar lo que no hemos viajado, hablar con todas esas personas que dejamos ir por simple orgullo y hacer todo aquello que no hicimos por el simple hecho de que se podría hacer mañana.

Querremos volver a ser eso que somos ahora, pero ya será tarde.

Por eso, quizás no soy nadie para dar un consejo, pero seguramente la mejor solución sea vivir el momento. Hacer todo lo que queramos, como si realmente fuese a ser el último día, como si no hubiese un después. Porque es verdad que jamás volveremos a esta etapa que estamos viviendo justo ahora, jamás volveremos a ser niños, ni adolescentes, ni adultos, ni siquiera ancianos. Por eso tenemos que vivir, cada segundo, cada momento, al máximo.

Así, cuando lleguemos a donde lleguemos, aunque sea a mañana, no nos arrepentiremos de nada y sentiremos que hemos aprovechado todo. Y créeme, no hay mejor sensación que esa.