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Y de repente llega septiembre y arrasa con todo lo que puede.

Se lleva el sabor a sal, y esas noches de verano a las tantas de la mañana tirados en la playa contando estrellas. Se lleva los mojitos en una terraza cualquiera viendo el mejor atardecer de ese mar que nos ha visto crecer. Se dispone a llevarse la felicidad de llevar el pelo mojado, al natural, ¡y hasta el moreno de la piel!. Se lleva las siestas largas a cualquier hora, las fiestas al aire libre y las resacas en una piscina.

Nos deja sin biquinis, sin ese ambiente en cada calle, sin el placer de dormir en bragas y sin el ventilador. Se atreve a cambiarlo por ese airecito que nos obliga a taparnos hasta arriba. Se lleva los días de pereza, de no hacer nada, de no tener la necesidad de poner el despertador e incluso eso de no saber a qué día estamos.

Se lleva un verano más. Y sólo nos deja un post-it en la nevera prometiendo devolverlo el año que viene, pero diferente. Posiblemente mejor, dice.

Y se va, y nos deja así, como vacíos por fuera.

Aunque con un puñado de momentos, sonrisas y recuerdos por dentro.

Y menos mal.