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Salir hasta que salga el sol. Un masaje. El “escribiendo…” del chico que te gusta. El mar. Reunirte con todas tus amigas. Salir tarde y recogerse más tarde todavía. Cenar en tu restaurante favorito. Y que te inviten. No poner el despertador un lunes. El Wi-Fi. Hacerte una foto con tu amiga y que salga bien a la primera. Quitarte el sujetador. El aperitivo que te pone tu abuela con un primer, segundo y tercer plato cuando vas a verla, sea la hora que sea. La marca del bikini. Los reencuentros. Un beso en el cuello. Ir a comprar y que tu madre no te deje sola en la cola del supermercado. Comer chocolate el primer día de dieta. Que no se te encrespe el pelo cuando te has tirado horas y horas arreglándotelo. Reír cuando no se puede. Encontrar en rebajas lo que tanto buscabas. Encontrar aparcamiento a la primera. Y aparcar bien sin tener que entrar y salir tropecientas veces. Recibir una carta. Cantar en la ducha. Un plato de jamón. Sonreír sin darte cuenta. Hacer un regalo y acertar. Que tu novio se de cuenta del nuevo color de tu pintalabios. Vestirte como te dé la real gana. Las sorpresas. Mirar el móvil para ver la hora y acabar mirándola. Pintarte la raya del ojo a la primera. Acabar como una cuba el día que no ibas a salir. Y no tener resaca. Los abrazos. Bailar hasta que te duelan los pies. Ver fotos de hace años. Escuchar canciones antiguas y que se vuelvan tus preferidas. Viajar. Un atardecer bonito.

La vida,
pequeños momentos.