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Si me preguntaran qué es la felicidad, probablemente no tendría respuesta.

Pero pensando un poco, la felicidad tiene que parecerse mucho a cuando tu amiga llega a la hora que habíais quedado, cuando te cogen el teléfono a la primera o te contestan al WhatsApp sin dejarte en visto. Tiene que parecerse a cuando ponen rebajas antes de tiempo y encuentras lo que querías, a cuando sale el sol en pleno invierno y al primer día de vacaciones. A cuando comes sin engordar, te pintas la raya del ojo a la primera y te acuestas sin despertador. La felicidad tiene que tener cierto parecido con las charlas de un abuelo, cuando tu madre te prepara tu comida favorita o cuando tu padre te lleva a la cama cuando te has quedado dormido en el sofá. Se parece, seguramente, al calor de un abrazo, a los besos inesperados y a cuando te cogen de la mano en mitad de la oscuridad. La felicidad se parece a cuando abres el medicamento por el lado correcto a la primera, cuando no tienes a nadie delante en la cola del supermercado y cuando duermes una siesta después de un día agotador. Supongo que la felicidad es algo así como los reencuentros, los brindis en cualquier bar y las noches inesperadas que acaban siendo inolvidable. Como las sonrisas que se escapan porque sí, las carcajadas que te provocan dolor de barriga y los pelos que se ponen de punta por algo que te llena. La felicidad se parece a los sábados, a los lunes festivos y a los puentes que convertimos en acueductos.

Y no sé, seguramente me vuelvan a preguntar y no tenga ni idea, pero mientras tanto seguiré hablando de todo esto, y más, que algo sí que se parece, aunque sea un poco, a la felicidad.