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Supongo que las noches en una terraza, con vino, la luna llena, música de fondo y buena compañía, se quedan para siempre con nosotros. Porque son esa clase de momentos que no olvidamos jamás, porque nos ponen una sonrisa de oreja a oreja casi sin darnos cuenta. Porque quizás la comida no tenga importancia, ni siquiera el color del mantel o la marca del vino, quizás lo único que cuenta es ese preciso instante.

Por un momento consigues olvidarte de todo, te centras solo en lo que tienes delante, disfrutas de eso que estás viviendo, de cada una de las personas que tienes a tu alrededor, y entonces ya no importa nada más.

Y es que hay pequeños detalles que se quedan para siempre en nuestra memoria y consiguen que nos vayamos a dormir con una sonrisa, de esas que siguen ahí incluso cuando cierras los ojos.

Y entonces te das cuenta que eres más afortunada de lo que te puedes llegar a imaginar y que esas personas que tienes a tu alrededor tienen mucha culpa de todo eso.